|
Las posibilidades de que la confrontación entre el gobierno y la CGT desescale parecen disminuir día a día. En este sentido, el afloramiento de las disidencias con Hugo Moyano por parte del taxista Omar Viviani le son al gobierno de relativa utilidad. Es que, a punto de iniciarse las paritarias, la bandera de oponerse a los topes salariales que quiere imponer al gobierno le garantiza al líder camionero mantener su predominio mucho antes de que se discuta su sucesión, en junio próximo.
Lo cierto es que, después del aplastante triunfo de CFK el 23 de octubre pasado, la polarización gobierno-CGT fue el segundo factor que paralizó la actividad política. Y es lógico que así sea, porque si el gobierno lograra eclipsar al moyanismo y controlar la sublevación sindical, la presidente podría avanzar hacia otra gran victoria electoral en el 2013, que le abriría las puertas de la reforma constitucional y de un tercer mandato. En cambio, la supervivencia de Moyano en el timón del sindicalismo podría marcar el eclipse del cristinismo, cuya popularidad inevitablemente disminuirá en la medida que el ajuste avance. Temores fundados La percepción de que el futuro escenario político depende de este conflicto seria clara en la oposición, donde reina el silencio y nadie toma partido a favor de Moyano o del gobierno. Sin embargo, en las tres principales fuerzas opositoras, el PRO, la UCR y el Frente Amplio Progresista, inquieta sobre todo la posibilidad de que el líder camionero se convierta en un factor de influencia política para el 2013. Nadie cree seriamente en el futuro de un partido laborista, pero el líder camionero, sobre todo en una elección legislativa como es la próxima, podría apoyar listas de candidatos peronistas disidentes e impulsar a figuras como Sergio Massa y Pablo Bruera, que crecen a pesar del cristinismo. También Daniel Scioli podría beneficiarse, porque tendría mayor margen de maniobra para moverse si el moyanismo provoca un cisma en el peronismo. En una hipótesis más extrema, pero que existe en Olivos, la CGT podría llegar a sustentar la candidatura presidencial de Scioli o de algún otro gobernador que se anime. En este sentido, las recientes alusiones de Moyano y su hijo Pablo a su enfrentamiento con el menemismo en los ‘90 parecen volver sobre lo dicho por él en diciembre pasado en el acto de Atlanta. O sea, que hay que organizar un peronismo anti K. Estos escenarios serían una mala noticia para Hermes Binner y la cúpula radical, empezando por Mario Barletta y Ricardo Alfonsín, que están tanteando el camino -una vez más- para integrar una coalición que polarice con el gobierno. A Macri -que conserva una buena relación con el jefe de la CGT- también le incomodaría un sindicalismo capaz de alimentar una rebelión en el PJ. El PRO sueña con llegar a la Casa Rosada captando al amplio sector del peronismo que en octubre pasado votó por Alberto Rodríguez Saá y Eduardo Duhalde, un 15 % de votos que son más que suficientes como para definir cualquier elección presidencial. En definitiva, por razones de distinto tipo, a los principales dirigentes opositores una ruptura del peronismo causada por la lucha entre cristinistas y moyanistas no les convendría en lo más mínimo. Como enseña la historia, las crisis internas del PJ suelen monopolizar el escenario político nacional, dejando a los terceros en un plano muy secundario. Por lo menos así sucedió en el 2003, con tres candidatos presidenciales peronistas -Carlos Menem, Néstor Kirchner y Adolfo Rodríguez Saá-, en el 2007, con CFK, Roberto Lavagna y Alberto Rodríguez Saá, y, finalmente, en el 2011, otra vez con CFK, Rodríguez Saá y Eduardo Duhalde. |